APOYAR AL PRESIDENTE ES APOYAR EL PROYECTO, ES UNA RELACIÓN DIÁLECTICA

Por Dr. Pedro Gonzáles Castro

y Dr. Rutilo Tomás Rea Becerra

Muchos han sido los calificativos utilizados por algunos ciudadanos para referirse a los presidentes. Estos van desde los insultos y expresiones peyorativas, hasta comentarios más moderados. Podría decirse que esta reacción subjetiva, de aspecto emocional, responde a un proceso catártico, una forma de exteriorizar frustraciones, fobias o corajes personales ante lo que no se entiende, o ante lo que se está a disgusto; una mera forma de expresarse, algo a lo que todos tenemos derecho.

En la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH) y en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (PIDCP), se establece que “Toda persona tiene derecho a la libertad de expresión, este derecho incluye libertad de mantener opiniones sin interferencia y de buscar, recibir y difundir información e ideas a través de cualquier medio de comunicación e independientemente de las fronteras”.

Sin embargo, esta libertad no es del todo absoluta. Su ejercicio conlleva deberes y responsabilidades especiales y, por tanto, se encuentra sujeta a restricciones relacionadas con los derechos y la reputación de otros, la protección de la seguridad nacional o del orden público, la salud y la moral pública.

Aun con estas salvedades, hay quienes, de manera irracional y provocadora, faltos de ética, atropellan la deontología y falsifican la realidad en aras del negocio, convirtiendo el periodismo en una forma de espectáculo que manipula la información, erigiéndose como “genios de la opinión”. Poseedores de una “autoridad moral” que les permite cuestionarlo todo en automático, dicen “no” a todo aquello que venga del “enemigo ideológico o político”. Manipulan la información a su antojo y fabrican “dictadores”, “enemigos de la democracia” o “populistas”, a pesar de que jamás tengan una noción clara, ya sea científica, académica, o al menos un atisbo de tales conceptos.

Bajo una visión neoliberal, comercial y eficientista, la prensa amarillista aprovecha las vulnerabilidades y contradicciones psicológicas de la población en aras de moldear emociones, sensaciones, gustos, deseos y frustraciones. Michael Foucault, hacía referencia a este tipo de colectividades en las cuales, sin usar la violencia directa, se podía mantener a una sociedad mediatizada, bajo control y subordinada a un patrón de conducta ideológico-cultural.

La guerra psicológica ha logrado generar verdaderas sociedades de autocontrol con el fin de desintegrar la moral, incitar a la disensión, a la confusión y al desorden. Es decir, ahora “se escucha” al otro no para tratar de entender su posición, sino para ver qué se le va a responder de manera antagónica. Aunque se pudiera coincidir en algunos aspectos con los adversarios, de manera mecánica se niega y se contradice todo. Es tal la capacidad de los mecanismos de autocontrol que a pesar de que algunos ciudadanos pregonan una sensación patriótica y ultranacionalista en nuestro país, solicitan una intervención militar de la nación norteamericana para combatir al narcotráfico o crimen organizado, o bien, para solicitar la extradición de un mandatario exiliado, como es el caso de Evo Morales, quien por vía electoral y legal llegó al gobierno de su país.

En este proceso de control, la ignorancia o la información manipulada, el miedo, el odio, las actitudes racistas, xenofóbicas, ultranacionalistas, la bufonería, el desprestigio (memes), guerra de cuarta generación y los golpes blandos, juegan un papel fundamental en su construcción. Por lo que no es de extrañar que en México escuchemos o leamos un sinfín de insultos, descalificaciones, mofas y mentiras mediáticas hacia el actual gobierno.

Esta capacidad de bombardeo psicológico se ve potencializada a través de las redes sociales en donde los fake news (noticias falsas, mentiras) y la mal llamada pos verdad estimulan toda una estrategia de guerra psicológica, jurídica (lawfare), y económica encaminada a desestabilizar política y socialmente al país. Tal es su dimensión, que incluso militantes y simpatizantes menos convencidos o faltos de solidez en sus convicciones reniegan del gobierno por el cual votaron.

Es claro que la estrategia tiene por objetivo derrumbar todo un proyecto de nación y, ante ello, se vuelve necesario:

  • Reconocer que el presidente no lo sabe todo y que no puede hacer los cambios que le corresponden a la sociedad, al trabajador del campo y la ciudad, al estudiante crítico, al profesionista comprometido, a las mujeres feministas, los colectivos del arte y la cultura, a los académicos e intelectuales no orgánicos, etc.
  • Ampliar los mecanismos de participación democrática. Debemos empoderarnos, quitarle la “política” a quienes la tienen secuestrada y hacer que la democracia trascienda más allá de los procesos electorales.
  • Restablecer el tejido social a través de juntas vecinales, comités de solidaridad de barrio, asambleas populares, autodefensas pacíficas, cordones vecinales de seguridad. Así también, reforzar la integración de las comunidades a través de eventos culturales de arte, pintura, canto, danza, baile, etc.

Si bien es cierto que la reintegración de las políticas de Estado de bienestar y combate a la pobreza es un elemento esencial de la 4ª T, también lo es la necesidad de una economía que promueva la solidaridad. Pero de ello hablaremos en otra ocasión.

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